Aquella mañana de noviembre se parecía a las de todos los días, una mañana primaveral de la sabana, vestida del verde esperanza que acompaña sus paisajes, verde de los cultivos que proveen el pan diario, verde de diferentes matices que dá la sierra en lontananza, verde de la cienaga que provee sin precio, verde esperanza que reverbera por doquier.
Aquella mañana, todos le madrugaron al sol como de costumbre, para evitar a sus perfiles el golpe de sol matutino, todos madrugaron a sus quehaceres, la siembra, la cosecha, la pesca, la misa del padre Rafa, el tinto en el granero de don Pedro, las empanadas matutinas de doña Josefina, la charla graciosa de José el arepero y todas esas cosas deliciosas que suelen suceder en esos pueblos y caseríos donde nunca pasa nada, pero se vive la vida con el sabor de los mejunjes cotidianos.
Al sur de la cienaga, allí donde el sol pega de refilón entre las paredes cuando nace, allí residian algo mas de trescientos cristianos al decir de mi abuelo, allí se desharrapó del único universo que tenían, el verde de la sabana y de la cienaga y de la esperanza, a este puñado de cristianos. Aquel día llegaron los señores de verdad, los hombres que habrían de marcar sus memorias para siempre.
Vestian un nuevo verde, un verde mas oscuro, un verde mas siniestro, un verde que nunca imaginaron los hombres de la sabana, un verde que superaba en mucho sus recuerdos de tragedias en la sierra, en la llanura o en la cienaga; llegaron para quedarse, para enseñar que su verde era mas poseroso que todos los verdes conocidos, para imponer su verde superpuesto en hombres de su propia estirpe, disfrazando su humildad y su origen en ese verde que acompaña las armas.
Ese día era importante, un nuevo verde había llegado y obligó la reunión. Y, donde reunirles,... donde más que en el segundo lugar más importante de cualquier caserío...; pues en la escuela. media hora bastó para recoger las ilusiones, menos de media hora para hacerles entender la realidad, y menos de ese tiempo para entenderse con el miedo.
Los mas recios tenían que partir, partir en medio de preguntas temerosas y respuestas soberbias, partir porque así lo determinaba el nuevo verde, el verde que promovía la solución. !Todos aceptaron¡, tenían que aceptar que las ilusiones, la realidad y el miedo estaban siendo vencidos.
Y se fueron, salieron por la única calle polvorienta del pueblo, salieron camino que vá a la sierra, salieron por donde los días domingo se reune medio pueblo a jugarse un picaito con el otro medio, el único evento que desocupa las casas despues de la misa del padre Rafa.
Salieron con rumbo desconocido, el rumbo que llevan todos los que marchan hacia donde nunca pensaron, un rumbo donde no hay ilusiones, donde la esperanza no es oportunidad, donde los recuerdos son la mejor opción, salieron para no regresar, porque no pudieron, no se lo permitieron, no tuvieron oportunidad.
Se fueron para no regresar, porque la única y última noticia que se tuvo de ellos, llegó al mucho tiempo..., llegó cuando sus mujeres pisaban el umbral de sus casas, llegó cuando ya todos habían mascullado sus temores, llegó cinco minutos despues, llegó con el sonido aterrador de las rafagas, llegó con la zozobra y el valor que otorga el miedo, llegó como todos temían que habría de llegar, llegó con la muerte. Ya Milciades el marido de la Gabriela, Ulises el papá de Jhonsito, Rafa el carnicero, José el profe de la escuela, Carlitos el de doña Leonilse, Alberto el de Lucelly, Jorge el paisa y Toño el recien llegado y que andaba arrastrandole el ala a la hija del alcalde no serían un problema, ya no había riesgo de que fueran facinerosos.
Ya el nuevo verde había conquistado su ideal, ya había tomado posición y posesión, mientras..., Gabriela, Jhonsito, la mujer del carnicero, los muchachos de la escuela, doña Leonilse y Lucelly recogen los recuerdos de la esperanza hechos pedazos y regados en medio de la cancha. Mientras, mi país recibe una nueva noticia, porque las malas vuelan, pero mas vuela el olvido de ellas.
Y..., ahora que le diremos a aquellos viajeros de la esperanza que perdieron su plácido verde, que le entregaremos a los perdidos en recuerdos que añoran a Jorge el paisa y a Toño el recien llegado, sino tenemos color para los recuerdos, que le dejaremos a nuestros hijos de lo que pasó allí, si tampoco tenemos un color para la historia.
Aquella mañana, todos le madrugaron al sol como de costumbre, para evitar a sus perfiles el golpe de sol matutino, todos madrugaron a sus quehaceres, la siembra, la cosecha, la pesca, la misa del padre Rafa, el tinto en el granero de don Pedro, las empanadas matutinas de doña Josefina, la charla graciosa de José el arepero y todas esas cosas deliciosas que suelen suceder en esos pueblos y caseríos donde nunca pasa nada, pero se vive la vida con el sabor de los mejunjes cotidianos.
Al sur de la cienaga, allí donde el sol pega de refilón entre las paredes cuando nace, allí residian algo mas de trescientos cristianos al decir de mi abuelo, allí se desharrapó del único universo que tenían, el verde de la sabana y de la cienaga y de la esperanza, a este puñado de cristianos. Aquel día llegaron los señores de verdad, los hombres que habrían de marcar sus memorias para siempre.
Vestian un nuevo verde, un verde mas oscuro, un verde mas siniestro, un verde que nunca imaginaron los hombres de la sabana, un verde que superaba en mucho sus recuerdos de tragedias en la sierra, en la llanura o en la cienaga; llegaron para quedarse, para enseñar que su verde era mas poseroso que todos los verdes conocidos, para imponer su verde superpuesto en hombres de su propia estirpe, disfrazando su humildad y su origen en ese verde que acompaña las armas.
Ese día era importante, un nuevo verde había llegado y obligó la reunión. Y, donde reunirles,... donde más que en el segundo lugar más importante de cualquier caserío...; pues en la escuela. media hora bastó para recoger las ilusiones, menos de media hora para hacerles entender la realidad, y menos de ese tiempo para entenderse con el miedo.
Los mas recios tenían que partir, partir en medio de preguntas temerosas y respuestas soberbias, partir porque así lo determinaba el nuevo verde, el verde que promovía la solución. !Todos aceptaron¡, tenían que aceptar que las ilusiones, la realidad y el miedo estaban siendo vencidos.
Y se fueron, salieron por la única calle polvorienta del pueblo, salieron camino que vá a la sierra, salieron por donde los días domingo se reune medio pueblo a jugarse un picaito con el otro medio, el único evento que desocupa las casas despues de la misa del padre Rafa.
Salieron con rumbo desconocido, el rumbo que llevan todos los que marchan hacia donde nunca pensaron, un rumbo donde no hay ilusiones, donde la esperanza no es oportunidad, donde los recuerdos son la mejor opción, salieron para no regresar, porque no pudieron, no se lo permitieron, no tuvieron oportunidad.
Se fueron para no regresar, porque la única y última noticia que se tuvo de ellos, llegó al mucho tiempo..., llegó cuando sus mujeres pisaban el umbral de sus casas, llegó cuando ya todos habían mascullado sus temores, llegó cinco minutos despues, llegó con el sonido aterrador de las rafagas, llegó con la zozobra y el valor que otorga el miedo, llegó como todos temían que habría de llegar, llegó con la muerte. Ya Milciades el marido de la Gabriela, Ulises el papá de Jhonsito, Rafa el carnicero, José el profe de la escuela, Carlitos el de doña Leonilse, Alberto el de Lucelly, Jorge el paisa y Toño el recien llegado y que andaba arrastrandole el ala a la hija del alcalde no serían un problema, ya no había riesgo de que fueran facinerosos.
Ya el nuevo verde había conquistado su ideal, ya había tomado posición y posesión, mientras..., Gabriela, Jhonsito, la mujer del carnicero, los muchachos de la escuela, doña Leonilse y Lucelly recogen los recuerdos de la esperanza hechos pedazos y regados en medio de la cancha. Mientras, mi país recibe una nueva noticia, porque las malas vuelan, pero mas vuela el olvido de ellas.
Y..., ahora que le diremos a aquellos viajeros de la esperanza que perdieron su plácido verde, que le entregaremos a los perdidos en recuerdos que añoran a Jorge el paisa y a Toño el recien llegado, sino tenemos color para los recuerdos, que le dejaremos a nuestros hijos de lo que pasó allí, si tampoco tenemos un color para la historia.
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